top of page
zoomerang_1697150474222_0.jpeg
Buscar

Dentro del ojo de la araña

  • debranarratrice
  • 15 nov 2023
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 23 ene 2024

Buenas noches, tardes o mañanas, según donde me estés leyendo. Tengo que aceptar el hecho de que me he convertido en una especie de criatura nocturna, amiga de la noche más profunda, ¿y por qué? Sencillamente, durante esas horas mi imaginación funciona al 100 %. Es muy extraño y un poco raro. Pero es así.

Quiero mostrarte un fragmento de un proyecto que está casi terminado y que formará parte de una futura antología. Me he reservado todos los derechos sobre él, y aún necesita edición y corrección, pero espero que tú, querido lector, puedas hacerme tu crítica sincera y constructiva, si así lo deseas.


Dentro del ojo de la araña

Fragmento


Caminaba por el mismo sendero que había recorrido durante los últimos años y, cuando estaba a punto de entrar en el bosque, vio unos árboles talados que bloqueaban la entrada. Se detuvo, se quitó las gafas de sol y las guardó en su bolsa de deporte. Le resultaba bastante molesto. Miró en todas direcciones y no encontró otro camino. Si quería seguir el mismo rumbo que hasta entonces, tendría que atravesar los árboles. Las maquinarias y las sierras estaban apagadas, lo cual era bastante extraño para la hora del día. Quiso volver sobre sus pasos, pero al final empezó a saltar entre los troncos. Se dirigió hacia un tronco donde había una cierra de árboles y se percató de que estaba cubierta de telarañas. Se apartó apresuradamente de la máquina.

De repente, algo percibió finamente en el soplo del viento y la empujó en una determinada dirección. Era extraño. No se había dado cuenta, pero también había telarañas colgando de algunos de los árboles talados. Caminó un poco más y descubrió algo que nunca había visto: un robusto puente de madera. Se acercó a él y descubrió que había existido un río bajo el puente, que ahora estaba completamente seco y cubierto de hojas, plantas marchitas y barro. Cruzó el puente para adentrarse en esa dirección desconocida e inexplorada.

Apartó ramas, atravesó arbustos y se adentró en el bosque. Perdió toda noción del tiempo. Cuando llegó al final del camino, sólo había árboles altos y frondosos y más matorrales. Miró a su alrededor e incluso hacia arriba. El sol seguía brillando. De repente miró a sus pies y vio una hilera de ramas rotas que sobresalían entre los arbustos. Las siguió, apartó las ramas y caminó a través de ellas. Era otro camino, pero cuesta abajo. Deidre tuvo mucho cuidado porque el camino era muy inclinado, pero tropezó y se cayó. La estrepitosa caída apenas le hizo daño, sólo unos rasguños en los codos que le dolían y quemaban.

Ella se levantó, se sacudió las hojas y la tierra que se le habían pegado a la ropa, siguió caminando y, al cabo de unos instantes, se fijó en una cueva que casi se alzaba ante ella, cubierta de vegetación. Era bastante inusual, no había visto cuevas con frecuencia. De repente sintió que algo le rozaba la nuca, y al llevar rápidamente una de sus manos allí, un fino hilo flotó justo delante de sus ojos, y luego otros más. Se trataba de hilos de tela de araña que se desplazaban hacia el interior de la cueva con el efecto del viento.

Deirdre se dio cuenta de que todas las zonas verdes cercanas estaban cubiertas por telarañas enlazadas entre sí, incluso había pisado algunas de ellas, y no solamente eso, había arañas de todos los tamaños correteando con sus largas y numerosas patas. Entró en pánico, temiendo que todos aquellos insectos intentaran trepar por sus zapatillas y atacarla.

Se volvió rápidamente para correr de vuelta por donde había llegado, pero el sonido de un llanto la detuvo. El llanto llegó en un eco que inundó las afueras de la cueva. Deirdre se quedó atónita. Sintió frío por todo el cuerpo y se volvió lentamente hacia la cueva mientras sus ojos se abrían como platos. A pesar de que su cuerpo tembló durante unos instantes, se controló y se acercó con cautela hacia ese lugar cuando volvió a escucharse el llanto del bebé.

Cuando se enfrentó a aquella inmensa oscuridad, volvió a estremecerse al pensar que dentro había un bebé. Pero tenía miedo de entrar, estaba oscuro y húmedo, probablemente lleno de alimañas. El bebé volvió a llorar y eso la desesperó.

-¿Pero quién... ¿Quién puede abandonar a un niño aquí...? Tengo que buscar ayuda... dio unos pasos apresurados cuando una voz la detuvo.

-¡Espera, ayúdanos, por favor! Estoy herida... -dijo la voz suplicante de una mujer. Deirdre se sorprendió aún más, porque estaba claro que se trataba de una emergencia. Volvió hacia la cueva, se detuvo en la entrada y apoyó una de sus manos en la fría roca cubierta de musgo. El suelo, las paredes y el techo estaban llenos de telarañas.

-Por favor… no podemos aguantar más… Ya no puedo andar y mi bebé morirá de hambre -dijo la mujer con voz lastimera, mientras el bebé volvía a llorar amargamente.

-¡Espera, sigue hablando! -dijo ella e inmediatamente sacó el móvil para comprobar que no tenía cobertura. -¡Maldita sea!

-¡Espera, ayúdanos, por favor! Me duele…

Deirdre intuyó lo peligrosa que era la situación y, aunque el miedo casi se apoderó de su moral y de su ser, no abandonaría a una madre con su bebé en apuros.

-Vale… Vale… -Respiró hondo y se armó de valor. Encendió la luz de su teléfono: Voy a entrar, pero tienes que seguir gritando, ¿ok? -dijo en voz alta.

-¡Por favor, ayúdanos! Estoy herida. -Comenzó a llorar junto con su bebé.

Entró en ella. La cueva era lo bastante amplia por el momento, pero estaba húmeda , fría y llena de telarañas e insectos, vivos y muertos, estos últimos arrastrándose por todas partes. Deirdre sintió una profunda repulsión. Cada vez que se enredaba en una telaraña, luchaba por no volver corriendo al exterior. Dejó escapar algunos gritos mientras todo su cuerpo temblaba, y se sacudía por todas partes de su cuerpo, especialmente el cabello. A medida que avanzaba, la cueva se volvía más fría y un poco más estrecha, pero eso no la detuvo.

Deirdre volvió a enredarse en una tela de araña, pero esta vez se cubrió la cara y, al intentar liberarse, resbaló y cayó al suelo junto con su teléfono móvil. Estaba adolorida y sentía que las piedras y la tierra estaban frías. Se había quedado a oscuras.

-¡No, no, no, no puedo! -gritó y golpeó el suelo con su puño.

-¡Por favor, ayúdanos! Estoy herida.

Los gritos se escuchaban cada vez más cerca. Se levantó y se dio cuenta de que algo crujía bajo sus pies. Buscó su teléfono, que estaba tumbado bocabajo, de modo que pudo encontrarlo porque la pantalla brillaba intensamente. Se agachó, gateó hasta el teléfono y lo cogió. La pantalla del móvil estaba un poco dañada, pero cuando fijó la luz de la lámpara en el suelo, vio que las astillas que había palpado parecían huesos. Probablemente huesos de animales.

De la nada surgió un olor rancio que recordaba al de la fruta podrida. La cueva se hizo más estrecha y fría, y la salida ya estaba bastante lejos.

-¡Di algo! -Lo único que oyó fue su propia respiración entrecortada-¡Creo que aún puedo conseguir ayuda!

-¡Llévate a mi bebé! Por favor, ¡estoy herida! -dijo la voz lastimera. Deirdre controló su ataque de pánico lo mejor que pudo y siguió deambulando por las entrañas de la cueva.

-¡No te preocupes, estoy cerca! ¡Los tres saldremos de aquí!

-¡Por favor, ayúdanos! ¡Estoy herida! -dijo la mujer con voz distorsionada, igual que el llanto del bebé.

Deirdre volvió a quedarse helada ante lo que acababa de oír. Le pareció que la mujer había repetido esa frase muchas veces y que la voz acababa de sonar extremadamente extraña. Sin embargo, siguió caminando, ya que se encontraba cerca de una especie de cámara, pues vio una especie de luz teñida de azul y, aunque algo en su interior le decía que no entrara en aquel lugar, quiso ayudar a la misteriosa mujer con su hijo. Aunque por momentos todo parecía estar completamente en silencio. Las paredes de la cueva parecían cerrarse a su alrededor.

-Ayúdame -dijo la mujer con un eco profundo y distante.

Deirdre estaba inquieta porque la mujer parecía perderse cada vez más en la cueva.

-¡Espera! ¡Quédate donde estás! -gritó sobresaltada.

El llanto del bebé también se calmó cuando Deirdre se acercó a la cámara. La entrada estaba bastante iluminada y se dio cuenta de que también había telarañas y la cavidad era bastante amplia. Sujetándose a las piedras, se sentó y descendió con cuidado medio metro y empezó a mirar en todas direcciones en busca de la mujer y su bebé. Pero no vio a nadie. En un rango de unos metros sobre su cabeza se hallaba una estructura de nicho que se sobresalía de la formación rocosa erosionada, donde ardía el fuego azul. Además, unos metros más allá, desde esta amplia y enconada cámara, se elevaba una enorme entrada llena de oscuridad. Su marco estaba tallado a la manera de un templo, con algún tipo de jeroglíficos que ella no reconoció y parecía que el techo no tenía fin. La estructura y forma de ese lugar pareciera provenir de lo que alguna vez fue un volcán.

-¿Dónde estás?-gritó ella.

Deirdre sintió que algo en la oscuridad la observaba, amenazando con engullirla, así que retrocedió unos pasos y algo emitió un sonido de "crack". Se quedó paralizada y miró lentamente hacia abajo para descubrir que había pisado un hueso de fémur humano. También vio sangre en el suelo, algunos teléfonos móviles rotos, trozos de carne ensangrentada, así como más huesos viejos y ropa de distintas épocas. También vio que había un chaleco reflectante roto y ensangrentado.

-Ayúdame- dijo esa voz diabólicamente distorsionada, aguda y fuerte.

Deirdre levantó la vista. Sus labios temblaron, unas lágrimas corrieron por sus mejillas y sus ojos se abrieron de golpe. Unas cuantas telarañas se aferraron a su pelo y a sus ropas, que ya estaban desordenadas. De repente se oyó un crujido como si algo muy grande se moviera y el olor que había notado en la gruta se hizo aún más nítido y unos pasos pesados se acercaron a ella.

Reaccionó, pero su pánico hizo que se enredara en una de las enormes telarañas que cubrían el lugar. Deirdre gritó al quedar atrapada y miró fijamente a la inmensa oscuridad mientras se enmudecía. Hubo un silencio terrible, pero de repente vio surgir de la oscuridad una mano humana de seis dedos, luego tres más, todas aferradas al marco de la puerta, revelando lentamente la forma espeluznante, enorme y monstruosa de una araña gigante con seis pares de patas enormes. Aparte de estas extremidades humanas, tenía seis pares de ojos, casi humanos, de diferentes colores, los dos principales rojos, como dos rubíes brillantes. Esta criatura estaba directamente surgida de sus peores pesadillas...

ree


 
 
 

2 comentarios


mayelaedu
15 nov 2023

Wow amiga me gusta mucho tu relato, hace que mantenga la atención hasta el final. Todo va surgiendo de forma inesperada, es un relato de terror impredecible. Tienes mucha imaginación, ojalá pronto hagas la antología.

Me gusta
Debra Reiser
Debra Reiser
15 nov 2023
Contestando a

😘 Gracias por tus palabras.

Me gusta
bottom of page