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Bajo el Puente de los Vosgos

  • debranarratrice
  • 24 feb
  • 4 Min. de lectura

Allí me encontraba: atrapada en un edificio funcionalista de la posguerra. A mi parecer, el lugar fue condenado al olvido por su propia naturaleza deprimente; sus días de gloria murieron el mismo día en que terminaron de construirlo. Entre las tareas rutinarias de mi turno, el ambiente se sentía cargado: desesperación, esperanza y amargura flotaban a ras de piel.

Mi mente intentaba desertar, dejar mi cuerpo en una suerte de "modo avión", pero la realidad no me daba tregua. Alemania funciona como una máquina de estructura rígida y brutalista, una donde el individuo se desdibuja hasta convertirnos en cualquier cosa, menos en seres humanos.

En ese ritmo frenético, apenas hay espacio para la innovación. Me detiene ese pragmatismo germano tan arraigado: "si funciona, no lo toques". Sin embargo, un detalle minúsculo interrumpió la monotonía: una flor de primavera abriéndose paso entre el concreto gris y manchado. En ese instante, algo en mí recuperó la capacidad de asombro, ese sentimiento que la rutina había logrado anestesiar.

Era la una de la mañana cuando salí del trabajo. Me ajusté la gabardina negra y emprendí el camino hacia la estación de Karlsruhe West. Para llegar, es necesario cruzar una calle larga, solitaria y sumida en una oscuridad que, por lo general, no logra intimidarme; pero esa noche el aire se sentía distinto.

Mientras avanzaba, sumamente consciente del eco rítmico de mis propias pisadas, me detuve en seco para buscar el móvil y el auricular izquierdo entre mis pertenencias. Fue entonces cuando el silencio me golpeó: unos pasos ajenos a los míos, que me habían estado siguiendo en la sombra, se detuvieron súbitamente al unísono.

Afortunadamente, llevaba puestos mis lentes y podía distinguir sin problemas el panorama de aquella calle solitaria, apenas bañada por una iluminación mortecina. Reanudé mi marcha, pero el eco regresó: los mismos pasos, rítmicos y acechantes. Esta vez, el miedo y el gélido aire nocturno me golpearon el rostro con la misma fuerza.

—¡Hör auf! —grité, rompiendo el silencio con la esperanza de detener lo que sea que me seguía.

Entonces, eché a correr con todas mis fuerzas. Subí la torre de escaleras peatonal sintiendo cómo el agotamiento me invadía los músculos; me dolían las piernas, pero logré alcanzar el Puente de los Vosgos. Lo crucé a paso veloz, con el corazón martilleando contra las costillas y el dolor físico recordándome que estaba vivo.

Poco a poco, mi respiración comenzó a normalizarse. Sorpresivamente, el puente estaba desierto; ni un alma a pie, ni un solo automóvil rompiendo la paz de la calzada. Me detuve unos segundos para recobrar el aliento e, increíblemente, comprobé que todo seguía en su sitio: no había perdido ni el audífono que llevaba en mi oído ni mis anteojos. No había nadie detrás de mí; solo quedaba el sonido perdido de una ciudad alemana que guardaba silencio, pero que definitivamente no dormía.

Bajé las escaleras peatonales, húmedas y cubiertas de una capa de tierra acumulada. Mis pasos producían ese crujido tan característico de la grava bajo la suela; ese sonido seco de las pequeñas piedras siendo aplastadas contra el hormigón. Por fin alcancé el andén. Solo me quedaba esperar el tren regional que venía de Francia para que me llevara hasta la estación central.

Allí, bajo la luz mortecina de la estación, pude respirar con más alivio. Me quedé observando los grafitis que devoraban las paredes de betón de toda esa estructura brutalista, formas caóticas que intentaban darle vida al gris eterno. Pero la calma duró poco. De pronto, una voz masculina rompió el aire desde la distancia, saludándome con una familiaridad inquietante:

—¡Kuck-Kuck! —gritó un hombre.

Estaba allí, a mitad de la otra torre peatonal, justo al otro lado de las vías, observándome desde la sombra.

Mis ojos no podían dar crédito a lo que veían. Los nervios, que apenas comenzaban a calmarse, estallaron de nuevo, aunque pronto se transformaron en una punzada de irritación. A pesar de los quince años de diferencia que nos separaban, y de que el tiempo había decolorado su antigua y larga cabellera rubia hasta convertirla en una melena blanca y fantasmal, su presencia seguía siendo inconfundible.

—¡Thomas! —grité, con la voz cargada de molestia.

Él sacó un teléfono móvil del bolsillo de su abrigo. Mientras me dedicaba una sonrisa maníaca, marcó mi número. Contesté casi por instinto, sintiendo cómo su voz se filtraba directamente en mi oído a través del audífono.

—¿Qué hace la pequeña Emilia aquí tan sola? —murmuró desde el otro lado de las vías—. Deberías ir de la mano de alguien como yo.

La indignación crecía en mi pecho, pero al consultar el reloj de la estación, supe que mi escape estaba cerca; el tren no tardaría.

—No me llamo Emilia, Thomas —le espeté, tratando de mantener la firmeza—. Y no tenía idea de que ya te hubieran dejado salir de la clínica.

—Claro que eres Emilia. Tienes cara de niña —replicó él, ignorando mis palabras con una frialdad absoluta—. Deberías volver a ponerte el uniforme; yo te amarraría a una mesa con grilletes. Te pondría un choker en el cuello... Ah, eres un verdadero sueño.

—Tú conoces mi nombre, Thomas —le dije, intentando que mi voz no temblara—. Deberías usarlo si realmente quieres que vuelva a acercarme a ti.

Él soltó una carcajada hueca y, con un tono cargado de burla, insistió: —Tu nombre es Emilia.

—Di mi nombre, Thomas.

En ese instante, el tren llegó rugiendo, un coloso de metal que se interpuso entre nosotros, rompiendo nuestra conexión visual. Le dirigí una última mirada rápida y me arrojé a las entrañas de la máquina.

—Dime tú entonces, ¿cómo dices que te llamas? —se mofó una vez más a través del auricular.

En medio del estruendo del motor, recordé una de las escenas que acababa de escribir para la precuela de mi novela. Me desplomé en uno de los asientos y clavé la mirada en el mapa de la ciudad pegado a la pared del vagón. Una sonrisa gélida apareció en mi rostro.

—Para ti... soy la Condesa de Saint Germain.

Colgué la llamada.

Me sentí exhausta, pero invadida por un alivio profundo. Mientras me hundía en el asiento, una extraña tristeza por Thomas me oprimió el pecho; era el peso de los años y la locura. Aún me quedaba una hora de trayecto, tiempo suficiente para que el traqueteo del tren me permitiera, por fin, cerrar los ojos y escapar hacia otro plano onírico.


 
 
 

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