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¡Descubre el Intrigante Primer Capítulo de Asthor, el medicamento! 🌑📚 Un viaje oscuro y emocionante te espera. ¿Estás listo para enfrentarte a los secretos que se esconden en El Milenario? #Thriller

  • debranarratrice
  • 23 ago 2024
  • 34 Min. de lectura

CAPÍTULO 1

SOBREVIVIR

Año 2021, en algún lugar de Europa

El cuarto de baño estaba totalmente empañado por el vapor del agua caliente. La temperatura daba la sensación de estar en el vientre de una madre y los mosaicos de las paredes transpiraban. Algunas gotas caían periódicamente del cabezal de la manguera haciendo su sonido particular. Justo ahí, parado en el interior de la ducha, estaba Thomas quien había dejado correr el agua caliente durante más de media hora y, con suma dificultad y terror, había tomado ese baño. Lo había hecho a propósito, ya que no quería observar su reflejo ni en el espejo ni en los mosaicos negros de la pared y el piso. Se apresuró a cerrar la ducha y salió de ella con la respiración agitada, tomó su toalla y se apoyó en la pared del baño. Dejó caer lentamente su cuerpo hasta quedarse sentado, cubrió su cabeza con la toalla y trató de controlar su respiración. Aunque su cuerpo temblaba, logró tranquilizarse mientras miraba su indeseado y difuso reflejo en el azulejo negro del suelo. Se aferraba con fuerza a sus rodillas y en su espalda se podían ver unas marcas color escarlata que le ardían con el rodar de cada gota de agua sobre su piel blanca. Sus hombros y otras zonas de su cuerpo también estaban enrojecidas por el agua caliente con la que se había duchado. En su cabeza se formaban imágenes de olas enormes y de él mismo ahogándose en un mar oscuro. Incapaz de alcanzar la superficie para respirar.


«Alguien como yo sobrevive cada día únicamente para morir una y otra vez, con cada abrir de ojos, con cada noche que termina… una y otra vez», pensó Thomas.


Alzó su mirada y reveló unos hermosos y expresivos ojos de color verde, los cuales se encontraron con la imagen del espejo totalmente empañado. Se quitó la toalla de la cabeza, se incorporó lentamente y por fin su cuerpo y sus nervios estaban bajo control, pero en su garganta se escondía algo bastante amargo: una mezcla de dolor y desesperación por el solo hecho de existir. Sus pasos desnudos hicieron un eco húmedo y se aproximó al espejo, el cual limpió con la toalla y la dejó caer sobre el suelo. Miró fijamente su reflejo y luego examinó su rostro. Su cabello castaño húmedo parecía más oscuro de lo que era en realidad, y parte de él se le pegaba a la frente y las mejillas. Su rostro era casi perfectamente simétrico, y lo que más impresionaba de Thomas eran sus expresivos ojos. Su nariz recta y sus labios masculinos también armonizaban muy bien con toda su cara. A pesar de que tenía unas pequeñas ojeras algo marcadas, no parecían desentonar con sus facciones. Apoyó las manos en el lavabo para perderse de nuevo en el reflejo de sus ojos, pero esta vez arqueó las cejas y su cara empezó a revelar un sufrimiento que se desbordaba, no obstante, logró controlarlo. Deseaba gritar, sus labios se entreabrieron intentando hacerlo, pero finalmente se quedaron cerrados. Si él hubiera gritado con toda su fuerza y todo el dolor que tenía acumulado, hubiera sido suficiente para romper el espejo. Por último, su expresión se fue aliviando y, tras unos instantes, se dirigió de nuevo a la ducha. Justo encima de ella, había una larga ventana que abrió para permitir que la mayor parte del vapor y la humedad escaparan hacia el cielo nocturno.


Se dirigió inmediatamente hacia su habitación donde tenía su armario del que extrajo un traje de color vino y una camisa de vestir negra, y los colocó sobre su cama sin mucho cuidado. Thomas tenía treinta y siete años y una altura de 1,83 metros que estilizaba su cuerpo. Sin duda, era atractivo, no una belleza, pero sobresalía entre la mayoría de los hombres de su edad por lo bien conservado y saludable que parecía ser. Pero sus temores y su miedo al agua siempre estaban ocultos en sus ojos. Es posible que para la gran mayoría de las personas les resulte muy difícil comprender la existencia de la hidrofobia. Algo tan esencial como el agua no debería ser motivo de temor. No obstante, el nivel de ansiedad que provocan las fobias determinará el grado en que estas afectan a la calidad de vida de la persona que las padece. Él suspiró y evocó la conversación que había tenido durante su descanso laboral con su amigo Markus.


Unas horas antes

Aunque Thomas no era un gran conversador, se esforzaba por causar una buena impresión. No asistía a un gimnasio, pero se mantenía en forma con unas dos horas de trotar, caminatas diarias y una dieta sana y equilibrada. Su trabajo era muy rutinario. Se ocupaba del departamento de proveedores de una empresa muy importante que se dedicaba al montaje de ordenadores personales y microchips. Su amigo Markus, al que conocía desde el colegio, había quedado con él para el descanso. Habían quedado en una cafetería cercana al lugar de trabajo de Thomas. Aún no le había dicho el motivo. Había llegado quince minutos antes que Markus para prepararse para el acto que todas las personas tienen que realizar si quieren sobrevivir en su entorno: socializar.


Markus entró en el elegante café y solo tardó unos segundos en encontrar a su amigo. Ambos iban vestidos con traje de negocios. Thomas se levantó de su asiento y le estrechó la mano con cordialidad mientras se sonreían y le invitó a sentarse. Markus era un poco más alto que Thomas, llevaba gafas porque con los años desarrolló miopía y le resultaba difícil ver a los lejos. Tenía los ojos azules, era rubio, fornido, de apariencia pulcra y bastante masculino. Solo era un año mayor que Thomas, pero a lo largo de los años había adquirido una naturaleza paternal y protectora con aquellos a quienes amaba y estimaba. Trabajaba en un despacho contable privado en la otra zona de la ciudad, por lo que tuvo que atravesar un poco de tráfico para llegar hasta el lugar convenido con Thomas.

—Aún conservas tu costumbre de ser el primero en llegar a todo sitio y, claro, me pediste mi café favorito. De algún modo, logras transformar tus desventajas en ventajas —dijo el recién llegado mientras dibujaba una sonrisa sincera en su rostro.

—Oh, vamos, nunca he pensado que llegar un poco más temprano sea una desventaja. —Le sonrió de vuelta mientras se esforzaba por no perder ningún detalle de la gesticulación y movimientos de Markus.

—Escucha, la sobrina de Roger está en la ciudad. Es una estudiante de Psicología y a mí se me ocurrió que los cuatro podríamos pasar una divertida velada juntos. Sé que no eres muy sociable, estás totalmente entregado a tu trabajo, a tu persona y…

—hizo una pausa para tomar un sorbo de su café y reflexionó unos momentos para luego añadir—: Bueno, opino que te vendría bien acercarte a nosotros. Soy consciente de que, desde que tus padres fallecieron, te has vuelto un poco más reservado.

Thomas percibió la preocupación genuina de su amigo. Sin embargo, estaba más perturbado por sus secretos que por sus tristezas. Secretos que debían permanecer ocultos. Su amigo estaba muy familiarizado con uno de ellos.

—Markus, no tienes que preocuparte por mí. La muerte de mis padres hace mucho que dejó de dolerme —se encogió de hombros—, es la ley de la vida —mintió.

—¿Pondrás a la venta la casa que te legó tu madre? Mira, yo sé que no es mi problema, pero es una pena que esa casa esté abandonada desde hace tanto tiempo. Es simplemente un lugar encantador para vivir, a pesar de que esté muy lejos de aquí. Thomas miró su taza de café y sus ojos parecían estar llenos de recuerdos.

—No estoy preparado para separarme aún de ella. Pero lo solucionaré en algún momento.

—Yo lo sé… —Markus hizo una pausa—. Volviendo al tema de nuestra reunión: Roger reservó una mesa en uno de los salones de El Milenario, lo cual no fue una tarea sencilla; pero, ya sabes, su sangre latina no le permite rendirse tan fácilmente.

Las expresiones faciales de Markus delataban su esfuerzo para convencer a Thomas que se sintió obligado a decir que sí, aunque en su mente se le ocurrían todo tipo de excusas y mentiras para no asistir a ese importante evento social.

—Si no me equivoco, ese es el lugar donde se reúnen la mayoría de los políticos y figuras públicas. Roger tuvo que esforzarse mucho para conseguir las reservaciones.

El Milenario era un sitio donde se celebraban eventos realmente exclusivos, suponía un alto compromiso y un despliegue de habilidades sociales que él consideraba no dominar del todo y, por otra parte, sabía que no le agradaba a la pareja de su amigo. Su insistencia lo convenció. Después de un corto silencio, y de haber desviado un par de veces su mirada de los ojos azules de Markus, suspiró y asintió.

—Está bien —suspiró—. No decepcionaré a tu querido Roger porque eso me valdría aún más su desprecio. Sin embargo, debo ser honesto, conocer a una dama en este momento no estaba en mis planes. En otras palabras, no tengo la más remota idea de cómo actuar. Thomas deslizó su mano izquierda sobre su muslo y comenzó a apretarlo hasta que se hizo un poco de daño para calmar la creciente ansiedad que se estaba acumulando en su pecho por el solo hecho de pensar en esta situación. —¡Oh, por favor, Thomas! Eres un hombre bastante atractivo y ella es una chica de lo más extrovertida. Estoy convencido de que podrás hacer frente a esta situación. Se dice que los polos opuestos se atraen y, en tu caso, mi amigo, eres un auténtico lobo solitario. Y en lo que respecta a Roger… —Markus se quitó los anteojos y extrajo un paño de su bolsillo para limpiarlos mientras hablaba—. No te detesta. Tú sabes que su carácter latino es bastante pasional. Me refiero a que se deja llevar fácilmente por sus emociones. Tiene unos puntos de vista distintos a los nuestros. Pero créeme, no te detesta.

—¡El polo opuesto a ti! —Thomas le sonrió a Markus.


Un lobo solitario. Markus había utilizado para él un término que le parecía inapropiado ya que la mayoría de las personas solitarias eligen ese estilo de vida. La situación de Thomas era mucho más difícil de entender y más complicada. Sus ojos verdes volvieron a encontrarse con los azules de Markus y asintió con la sonrisa social que había perfeccionado con el tiempo. Markus sacó un sobre negro de su abrigo, se lo entregó a Thomas y luego se despidió de él, pues tenía que volver pronto a su trabajo. Thomas miró el sobre y luego volvió a mirar su taza de café casi vacía. Sacó su teléfono móvil del bolsillo y empezó a buscar un número concreto. Se quedó pensativo.

«No soy un lobo solitario. Soy algo peor», pensó. Se levantó de la silla y entró en el lavabo para hacer una llamada privada con su móvil.


Thomas llegó al complejo departamental en el que vivía al atardecer. Estacionó su coche en el garaje subterráneo y utilizó el elevador para llegar a su piso. Caminó un par de metros antes de llegar a la puerta de su hogar marcada con el número ochenta y cuatro, casualmente su año de nacimiento, introdujo su mano derecha en el bolsillo del pantalón y de él extrajo su llavero para luego introducir la llave correspondiente, abrir la puerta y entrar a su hogar. Al estar adentro, dejó escapar un suspiro de alivio, y unas cuantas punzadas de dolor recorrieron la piel de su espalda. Por alguna extraña razón, ese dolor le había tranquilizado, incluso se mordió discretamente el labio inferior. Una gran parte del día había quedado atrás y, afortunadamente, era viernes. Aún le quedaba el evento especial, el cual requería un código de vestimenta y tendría lugar por la noche. Se sentó en el sofá de su salón. Su departamento tenía cien metros cuadrados en los cuales había una recámara, el cuarto de baño, la cocina y la sala, desde la cual se podía ver una impresionante vista de la ciudad. Por fin abrió aquel sobre negro cuyo contenido era una invitación del mismo color y el texto estaba escrito con letras y números dorados. En ella se indicaba el número asignado para el invitado y se especificaba que el código de vestimenta era formal, independientemente del color de la ropa. Estrictamente, tenía que estar con sus acompañantes en la recepción del inmueble a las diez de la noche. Se llevó las manos a la cabeza porque las formalidades requerían mucha concentración y precisión para no causar ninguna mala impresión. Eran las siete y decidió que tenía que comenzar a prepararse antes de que fuera más tarde. El vapor del agua caliente invadió todo el cuarto de baño y acariciaba su piel invitándolo a entrar en la ducha. Si tan solo esta acción no fuera tan difícil para él… Y luego dejar que el agua caliente corriera durante media hora… Finalmente, decidió enfrentar lo inevitable.



Thomas estaba listo y eran las nueve de la noche. Se había perfumado con una colonia con matices de cítricos, pero antes de irse, ya con las llaves de su auto en la mano, cogió un vaso con agua y bebió lentamente, ya que incluso tenía temor de ahogarse con tan poca cantidad. Dejó el vaso de cristal sobre la barra de la cocina, salió de su departamento y se marchó en su auto. El Milenario tenía una superficie de dieciocho mil metros cuadrados y poseía varios salones que eran utilizados para bodas, cenas, eventos sociales, políticos y de fundaciones de beneficencia. La mayoría de los acontecimientos políticos del país, incluso internacionales, se organizaban en ese lugar. La arquitectura evocaba una mezcla entre un castillo y una hacienda. La recepción estaba iluminada por las luces tenues que se filtraban en los sentidos de los invitados. El lujo, la exquisitez y el buen gusto de los arquitectos y los decoradores podían respirarse. Los empleados que trabajaban en ese prestigioso lugar siempre vestían impecablemente, sus gafetes tenían una tipografía gótica con el apellido y el puesto que desempeñaban. Thomas llegó con quince minutos de anticipación; había conducido a lo largo de la carretera. Un aparcacoches de gran estatura, sin gafete, vestido completamente de negro y con la cara cubierta con una máscara en forma de gárgola, se llevó su vehículo para estacionarlo en un garaje subterráneo. En un principio el hombre le pareció algo muy inusual, pero al tratarse de un sitio muy exclusivo donde se reunía la gente con mucho dinero normalmente, lo dejó pasar hasta que se percató de que el resto de los empleados que estacionaban más coches no llevaban máscaras. Buscó con la mirada al sujeto que se había llevado su auto, pero no lo encontró y, en ese momento, escuchó la voz de Markus llamándolo.


Ya se habían llevado el vehículo en el cual llegaron Markus Günsel con Roger Díaz y la sobrina de este: Marina. Ellos iban vestidos con elegantes trajes negros y utilizaban el mismo perfume para caballero, mientras que la joven llevaba un hermoso vestido dorado que hacía el perfecto equilibrio con su maquillaje y figura. Una hermosa criatura de tez bronceada y ojos color avellana.

—Les dije que él siempre llega unos minutos antes que todos. Fue una buena idea anticiparnos también —dijo Markus sonriendo para romper el hielo entre Thomas y Marina.

—Buenas noches. Permíteme que me presente. Yo soy Thomas Merzen, encantado de conocerte —le dedicó una sonrisa cálida y estableció contacto visual directo con ella.

—Soy Marina Díaz, encantada de conocerte. Markus me ha hablado mucho de ti —dijo con una sonrisa seductora en la cara, encontrando atractivo a Thomas.

Roger, que aparentaba estar a gusto con la presencia de Thomas, era algo más bajo que él, tenía barba de candado y era moreno, igual que su sobrina. Siempre había sentido celos hacia Thomas, ya que la amistad que lo unía a Markus era muy fuerte. Y eso le producía una sensación de inseguridad en la relación sentimental con su pareja. Los cuatro se dirigieron al vestíbulo, donde una hermosa mujer los estaba esperando en el área de recepción. Le entregaron sus invitaciones y, tras un minuto, la mujer los registró en el delgado ordenador de aspecto futurista y les asignó pulseras de color burdeos. El lugar era impresionante en su totalidad. La chica los acompañó hasta una recepción, a las afueras de un salón y enfrente de este se alzaba majestuosamente una sección de los jardines con fuentes, una piscina y plantas colgantes. Un camarero se acercó y les ofreció cava como bienvenida, mientras que otro se acercó con aperitivos dulces y salados.


—El evento tendrá lugar aproximadamente en cuarenta minutos, no se inquieten por nada. Les indicaremos cuándo podrán pasar. Bienvenidos de nuevo.

La recepcionista se despidió con una sonrisa y se marchó. Marina no desaprovechó la ocasión de alejarse de sus tíos junto con Thomas para tener un poco más de intimidad mientras bebían de sus copas.

—Mi tío Roger tiene una forma muy especial de presentar a sus amigos; creo que en un evento así, aunque es bastante impresionante, no es lo mío. Prefiero los cafés o los paseos por los parques.

Ella caminaba abrazada del brazo de Thomas quien la escuchaba atentamente, pero también estaba un poco nervioso, puesto que se dirigían lentamente a la piscina que estaba iluminada por luces azules y doradas. Marina se soltó del brazo de Thomas y se adelantó rápidamente hacia la piscina para admirarla, porque realmente el diseño era magnífico. Ella se dio la media vuelta para ver a Thomas que estaba inmóvil a unos cuatro metros detrás de ella y notó la sutileza con la que él trataba de componer su rostro. Ella pudo comprender ese gesto que trataba de ocultar miedo e incomodidad.

—¿Sucede algo, Thomas? ¿Te he incomodado en algo? —preguntó Marina. Sus preguntas no pretendían llevarla a alguna especie de disculpa, sino a la fuente de ese gesto sutil.

—No. No dijiste nada malo, es solo que estoy un poco cansado, tuve un día bastante ajetreado. ¿Te parece si nos sentamos más cerca del hermoso jardín?

—dijo Thomas mientras escondía sus manos en los bolsillos y apretaba los puños para contener la ansiedad que quería desbordarse por todo su cuerpo. Marina asintió y sonrió de nuevo. Su experiencia en la carrera de psicología humana le hacía reconocer el miedo y la ansiedad en gestos y actitudes evasivas. Una vez que se alejaron de la piscina, Thomas empezó a controlarse y actuar de manera más serena.


Se dirigieron hacia los jardines boscosos y encontraron dos sillones de estilo barroco de color negro elaborados con poliestireno. Aquellos sillones estaban situados frente a unos arbustos de rosas negras y rojas, los cuales estaban siendo iluminados por unas luces tenues de color dorado. Se sentaron en los sillones y se dejaron envolver por la encantadora atmósfera durante un breve momento de silencio. De fondo se oían violines que tocaban melodías encantadoras. Era como si estuvieran en un cuento de hadas, ya que también se encontraban cerca de un gran árbol frondoso. De algún modo, intentaron entenderse, a pesar de su diferencia de edad y de encontrarse en un entorno de lujo, fantasía y esplendor que era una oda a lo irreal y exquisito.

—Es curioso, de repente, todo lo que nos rodea se ha vuelto más mágico —esbozó Marina mirando atentamente a Thomas.

—¿Hoy tendría que suceder algo de magia y quizás locura en nuestras vidas? Aunque no veo a la Liebre de Marzo ni al Sombrerero Loco por ningún lado —dijo Thomas dibujando una tierna sonrisa en su rostro.

—¡Estoy convencida de que tú sí has hablado con el tiempo! ¿Entonces, te gusta mucho Lewis Carroll? —preguntó Marina, ya emocionada, dejando de lado sus intentos de entender lo que había sucedido antes.

—Para ser franco, he leído una gran cantidad de libros a lo largo de mi vida, pero solo atesoro los que realmente me han aportado algo positivo. Con respecto a Lewis Carol, solo recuerdo el episodio de la fiesta del té de Alicia en el País de las Maravillas. Tal vez porque algunos de nosotros… —hizo una dubitativa pausa frunciendo un poco el entrecejo y volvió a sonreír—. Bueno…, ya tenemos una edad en la que es difícil recordar todo lo que hemos leído. Ahora que estamos aquí, ¿te has percatado de que, al fondo, justo enfrente de nosotros, hay unos jardines que me recuerdan a los descritos en Babilonia? —dijo Thomas mientras miraba hacia allí y bebía de su copa.


Marina miró hacia los jardines a los que Thomas se refería. Se trataba de unos jardines colgantes en los que también había unos sólidos pilares y, en medio de todo, en una de las paredes, había una pintura que representaba un monumento que se parecía mucho a la torre de Babel.

—No había oído hablar de ellos nunca —dijo Marina mientras admiraba la pintura a través de su copa.

—Eran unas de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Tal vez por esa razón este lugar se llama El Milenario. Hay una combinación de arte antiguo y moderno en diferentes rincones.

—Eres muy perspicaz, Thomas. A mí me ha encantado la piscina. Por supuesto, no es que diga que me gustaría desnudarme en este momento, pero sí que me gustaría dar un brinco y nadar en ella. ¿Te gustaría que hiciéramos esa locura en este mismo instante? —dijo ella sonriéndole de manera pícara.

Su rostro cambió de estar relajado a estar preocupado y, enseguida, sus expresivos ojos reflejaron todo. Marina se mostró sorprendida al ver esto, ya que pensó que quizás había coqueteado muy pronto, pero su intuición también le indicaba que había algo más. Un incómodo silencio se apoderó de ellos.

—Thomas, ¿qué pasa? Durante unos instantes, Thomas quiso confesarle todo sobre su fobia, al mismo tiempo que deseaba abrazarla, caer en su regazo y llorar. Tenía tantas ganas de decirle que, después de años de haberlo intentado, la terapia no funcionó y mucho menos la medicación. Pero él se tragó su saliva y consiguió controlar el tumultuoso océano de negatividad y debilidad.

—Me parece que he olvidado hacer algo muy importante en mi trabajo y… Thomas quiso desviar el tema de conversación cuando el aparcacoches alto y enmascarado también los interrumpió.

—Disculpen la interrupción, pero el evento está a punto de comenzar. Acompáñenme, por favor —ordenó el hombre con voz amable y levantó el brazo para indicarles la dirección correcta. El hombre tenía una cicatriz sobre la ceja izquierda, pero era difícil verla porque llevaba una máscara. Curiosamente, Thomas, como observador, se dio cuenta de que la forma de la máscara que llevaba el hombre no pertenecía a una gárgola, como había pensado en un principio, sino a un demonio. ¡Vaya! Ahora estaba aún más intrigado. El misterioso hombre los escoltó mientras Thomas, en un gesto de caballerosidad, dejó que Marina pasara delante de él. Los tres caminaron cerca de la piscina y Thomas trató de ignorar el agua, pero en ese preciso instante, el chocar de dos copas llamó su atención y no pudo evitar mirar hacia su derecha. Al otro lado de la piscina había dos hombres bebiendo champaña a modo de celebración en sus copas tulipa, como las que Marina y él sostenían. Uno de esos hombres tenía la apariencia de tener unos cincuenta años. Llevaba unos pantalones de color crema, unos zapatos oscuros y una camisa negra de manga larga, y se mostraba bastante animado hablando con el otro que era más alto y llevaba puesto un traje de jacquard negro y tenía las manos cubiertas con unos guantes negros de piel. Se quedó paralizado al ver el perfil del hombre de cabello oscuro y patillas grises.

—Imposible —murmuró Thomas mientras abría más los ojos.

Ahora estaba completamente petrificado, su pecho comenzó a llenarse de una sensación de desesperación avasalladora. Sus ojos revelaban un gran miedo. Un temor más intenso que el de su fobia al agua. Dejó caer su copa y se llevó la mano derecha al pecho, respirando con dificultad. El hombre mayor frunció el ceño y miró a Thomas, le dirigió una mirada confusa a su acompañante, ya que se había percatado de que era a él a quien Thomas le estaba clavando la mirada.


Aquel hombre estaba a punto de darse la vuelta. Thomas comenzó a ver todo a cámara lenta y, justo cuando aquel misterioso hombre estuvo a punto de cruzar la mirada con Thomas, este sintió el peso de una mano aterrizando sobre su hombro. Se trataba del sujeto enmascarado. Esta acción devolvió a Thomas a la realidad y se encontró nuevamente con la mirada preocupada de Marina.

—Señor, el evento está a punto de comenzar. —El hombre volvió a indicarle que lo siguiera. Thomas se disculpó con ambos y le ofreció a Marina llevarla del brazo el resto del trayecto.

—Doctor Henker, ¿tiene un invitado inesperado en la celebración de nuestra reciente victoria política?

—No, señor Schrowley. Ese hombre debió confundirme con un fantasma de su pasado —el hombre mintió con una media sonrisa en su cara y bebió de su copa.

En efecto, Thomas parecía haber visto a una persona muy peligrosa que pertenecía a uno de los acontecimientos más dolorosos de su pasado. Por otra parte, también era posible que su mente le estuviera jugando una mala pasada porque se estaba esforzando demasiado por hacer frente a este acontecimiento social. Al llegar al umbral de la gran puerta del lujoso salón, volvieron a encontrarse con Markus y Roger quienes los recibieron con una sonrisa.

—Se puede ver que estuvieron disfrutando mucho del jardín. Nosotros estuvimos en el salón contiguo. Montaron una exposición de arte muy interesante —dijo Markus para reintegrar a la pareja a la plática que estaba teniendo con Roger sobre las obras de arte que recientemente habían admirado.

—Lo mejor de todo es que descubrí que aquí tienen un vino exclusivo. Por eso le pedí a la camarera que nos lo sirviera durante la cena. —El tono de Roger dejaba entrever su emoción por probar algo tan refinado y distinguido.


El salón en el que se encontraban era enorme, estaba pintado de dorado y sus ventanas estaban cubiertas con largas cortinas rojas. Al fondo de la estancia había una gran plataforma sobre la que se encontraba un podio dorado con tres micrófonos. Las mesas, con mantelería de seda, ofrecían un ambiente bastante formal: destacaban las servilletas y las copas. Se apreciaban con nitidez el compromiso y la profesionalidad de los organizadores, a quienes la administración de El Milenario había confiado una tarea tan importante. En las mesas había una hoja informativa para cada invitado en la que se indicaban los horarios del aperitivo y el plato principal, así como el nombre de la persona que presentaría la información sobre el evento que era para recaudar fondos. El mismo gobernador de la ciudad pronunciaría un discurso. Esto fue una gran sorpresa para Thomas, ya que no esperaba que este evento fuera realmente tan exclusivo, y empezó a ser consciente de la determinación de Roger por participar en este tipo de actos.

—Es sumamente interesante —dijo Marina sosteniendo el menú informativo en la mano mientras sus dedos jugaban con un mechón de su larga cabellera negra para luego dirigirse hacia su tío—: Ya había leído antes sobre este proyecto. Al parecer, nuestro sistema médico no concede la suficiente importancia a las fobias y los trastornos mentales. Y debo decir que yo he oído a médicos prominentes achacando la responsabilidad de todos estos problemas al estrés.

—Seré sincero contigo, cariño. Nunca me lo había planteado debido a que creo que soy una persona cuerda y estable —dijo Roger con cierta arrogancia—, la gente que padece ese tipo de problemas tiene un serio problema de fortaleza. Yo creo que son débiles y deberían enfrentar sus problemas de manera digna.

Marina se sintió un poco decepcionada por las palabras de su tío.

—¡Oh, querido, por favor! Se trata de temas muy delicados. Te sorprendería saber cuánta gente sufre a causa de estos problemas —dijo Markus buscando más empatía por parte de su compañero.

—La fobia es un trastorno de ansiedad. El miedo experimentado puede ser completamente irracional, tanto que toda la situación puede desembocar en graves problemas de salud mental. A veces, puede tener consecuencias físicas y en la calidad de vida. Por lo tanto, creo que es muy importante que el gobierno y la sociedad tomen conciencia de estas temáticas. —El tono de Marina era bastante serio, estaba inquieta por la actitud de Roger.

—Quizá Thomas pueda decirnos algo al respecto —Roger dijo malintencionadamente haciendo que la atención se dirigiera a Thomas.

Thomas, que hasta entonces les había estado prestando atención, volvió la mirada hacia Markus algo sorprendido. Era evidente que Markus ya le había dicho a Roger que Thomas tenía un problema de hidrofobia, y era obvio que no le había dicho nada a Marina. La sombra de la decepción empezó a colarse en el corazón de Thomas porque Markus le había prometido hacía muchos años que no se lo diría a nadie. Markus quedó estupefacto ante la embarazosa actitud de Roger con Thomas. A continuación, miró a Roger de forma muy seria y Thomas supo que habían compartido su secreto. Los camareros llegaron en ese mismo instante y comenzaron a colocar los platos de entradas sobre la mesa; no producían ningún ruido debido al muletón bordado bajo el mantel de seda. Una mujer se acercó con el exclusivo vino y sirvió cuatro copas. Thomas levantó la suya y bebió un sorbo. Realmente quería irse a casa y descansar de toda esta escena social. En lugar de eso, dirigió a Roger una mirada estoica y una pequeña sonrisa.

—Roger, si supiera a qué te refieres, podría decirles algo al respecto —dio otro sorbo a su copa.


Roger lo miró con resentimiento, pero finalmente decidió controlarse por Marina, no quería arruinarle la velada, aunque Thomas no fuera del todo de su agrado. Ella se sintió un tanto incómoda, ya que podía interpretar que su tío tenía cierta antipatía hacia Thomas. El gobernador Krüger se dirigió a todos los presentes y les dio la bienvenida. Estaba vestido con un elegante traje negro, su presencia era solemne, su voz era bastante masculina y su postura era imponente, aunque parecía más bien un hombre corriente; curiosamente, sus guantes negros de látex llamaron la atención de Thomas y de uno cuantos espectadores más. El discurso comenzó con una bienvenida a todos los presentes y una explicación técnica de los problemas de salud mental y las fobias. La administración del nuevo gobernador se ocuparía de ello tomando el control de los sectores psiquiátrico y psicológico del sistema médico, comenzando por la capital del estado y extendiéndose después al resto del país y a los demás países de la Unión Europea, y quizá al resto del mundo. El gobernador llevaba poco tiempo en el cargo y todo estaba a punto de cambiar.

—En primer lugar, quiero expresarles mi gratitud por su presencia y darles la bienvenida a esta magnífica velada. —Tomó su tableta y, tras una breve pausa, comenzó a hablar—: Las enfermedades mentales son más comunes de lo que imaginamos. Están tan extendidas que muchos pacientes las padecen en diversos grados y la vida de las personas se ve afectada de forma significativa. Por consiguiente, esta noche presentaré los planes y estrategias que mi gobierno propone para los próximos años. Todos los presentes, probablemente, se cuestionarán cómo se abordará este proyecto. —El señor Krüger interrumpió su discurso para beber un sorbo de agua; mientras sostenía el vaso transparente, su guante de látex brilló también a la luz de los focos—. Dado que nuestro sistema médico no dispone de un número suficiente de profesionales capacitados en esta materia ni de los recursos necesarios, se propone contratar a médicos externos y profesionales de la salud mental para que realicen un estudio y desarrollen nuevas técnicas y estrategias terapéuticas. Una gran pantalla descendió y el proyector que estaba vinculado a la tableta se activó. Se presentaban las estadísticas de los últimos diez años acerca del número de suicidios de pacientes con fobias no tratadas y de pacientes sometidos a intervenciones médicas y terapéuticas ineficaces. Los datos mostraban una total ineficacia del sistema actual. —Esto tiene una explicación. En cierto modo, nuestro actual sistema trata de acoger a todos los enfermos que le es posible, pero muchos pacientes que padecen fobias no son tomados en serio o, simplemente, deciden no hablar jamás de ellos por la falta de empatía del sistema médico, dando prioridad a otras dolencias. Muchos toman la decisión de quitarse la vida al enfrentarse con un mundo y sistema que los juzga como débiles, dándoles la total responsabilidad de su condición.

—La hija mayor del gobernador falleció debido a una enfermedad mental. Lo más lamentable fue que la niña se suicidó a pesar de ser tratada por los psiquiatras más prestigiosos. Si no me equivoco, sucedió el año pasado —dijo Marina.

—Esto es lamentable… —Thomas sintió mucha pena por el gobernador y admiró la determinación con la que proseguía su carrera política a pesar de la tragedia.


El discurso duró aproximadamente veinticinco minutos más.


—Por el momento, tenemos previsto establecer un centro en nuestra capital donde nuestros expertos brindarán terapias y medicamentos a quienes no puedan ser atendidos por el sistema médico actual. Para evaluar la eficacia de este proyecto, se recopilarán y compararán los datos durante los próximos diez años —volvió a hacer una pausa para preparar su despedida—. Para concluir mi discurso, me gustaría agradecer de nuevo a todos por estar aquí y desearles una buena noche, pero antes me gustaría decirles: la política ha cambiado, nuestro mundo evoluciona. No tendremos miedo al cambio —sonrió el gobernador y concluyó su discurso. Todos los asistentes aplaudieron, algunos se levantaron para hacerlo con entusiasmo, y muchos de ellos también llevaban guantes de látex.


El gobernador sonrió mientras alzaba la mano derecha y extendía tres dedos hacia arriba, que mantenía rectos, mientras que los otros dos apuntaban hacia abajo. Se atenuaron las luces para que los camareros pudieran comenzar a servir el banquete principal. El gobernador se apresuró a retirarse del salón, despidiéndose de algunos de los invitados, pero antes de que pudiera salir de entre las sombras surgió el misterioso hombre alto enmascarado y le entregó una máscara con la cara de un perro. Luego abandonaron el salón. Los camareros hicieron un gran trabajo atendiendo a los invitados con una elegancia que difícilmente puede igualar cualquier otro personal perteneciente a los mejores restaurantes de la ciudad. La mayoría de los asistentes de esta noche donaron dinero en cheques y los camareros los recogieron en urnas de cristal. Thomas se sumió durante unos instantes en sus pensamientos y recuerdos. El hombre que estaba junto a la piscina era muy parecido a alguien que había conocido en su juventud. Sin embargo, era prácticamente imposible que fuera él. Por lo que logró observar, tenía el mismo aspecto y, aunque no pudo ver su cara, su apariencia era la de alguien de unos cuarenta y cinco años. Era imposible. Se había equivocado.

«Si hubiese sido él, tendría que ser un hombre de unos sesenta años. O al menos se parecería al hombre que lo acompañaba. Thomas, debes controlar tus pensamientos. Intenta concentrarte en ella. En ella que es realmente hermosa», pensó y dirigió su atención a sus tres compañeros que estaban enfrascados en una interesante conversación.

Roger parecía más relajado y Markus bebía de su copa mientras Marina hablaba de sus planes de futuro, a veces sonriéndole coquetamente. Lo que veía allí le gustaba. Probablemente, ellos serían su nueva familia. ¿Sería capaz de hacerlo? Ahora profundizaba en sus ojos, en sus labios y en lo suave que debía de ser sentir su piel.

—¿Qué te parece, Thomas? —preguntó Marina dando por sentado que él había estado prestando atención todo el tiempo. Los tres pares de ojos se posaron en él y este solo tuvo que sonreír para decidir cómo escapar de aquel embarazoso momento. Se levantó, se acercó a Marina y le tendió la mano.

—Me parece que tú y yo deberíamos dar otro paseo ahora. Markus y Roger se mostraron un tanto sorprendidos, pero Marina aceptó encantada la invitación de Thomas. —Lo prometo, cuidaré de ella —dijo Thomas, y ambos salieron del lugar cogidos de la mano.

Markus y su esposo se limitaron a verlos marcharse. Roger adoptó una expresión seria, dio un sorbo a su copa de vino y luego se volvió hacia Markus.

—Espero que estés feliz. Accedí a que Thomas asistiera a este evento con nosotros debido a que fue tu idea. Sin embargo, nunca imaginé que tuvieras intención de presentarle a mi sobrina. He de decirte de una vez por todas que no estoy de acuerdo contigo. No es el tipo de hombre que ella se merece. Creo que te esfuerzas mucho en estar cerca de él. Markus se sorprendió un poco, pero se esperaba este tipo de comentarios.

—Si estás insinuando que estoy utilizando a tu sobrina, estás equivocado. La aprecio y pienso que los dos pueden llevarse bastante bien. Thomas no es un joven inmaduro como los de la edad de Marina y, además, no es ninguna garantía de que ocurra algo entre ellos, aunque tengo que admitir que a los dos se les veía muy contentos —dijo Markus y dio el último sorbo a su copa de vino. Roger adoptó una expresión de desaprobación, pero decidió cambiar de tema de todos modos para evitar enfadarse más.


Thomas y Marina corrieron por pasillos largos que tenían paredes decoradas con reproducciones oficiales de obras de arte de todas las épocas. Se estaban divirtiendo mucho, y Thomas se sentía diferente. Algo le sucedía. Se detuvieron para tomar un respiro, mientras que algunos de los invitados que se encontraban en los pasillos los miraron con extrañeza ya que se estaban comportando como si fueran un par de adolescentes, pero a ellos dos no parecían importarles las miradas. Al final, la velada solo sería especial para algunos.

—Bueno, Thomas, ¿qué te parece si ahora solo caminamos? — dijo Marina mientras respiraba agitada y sonreía. Sus mejillas estaban ligeramente rosadas.

—¿Ya lo ves? Puedo hacer algunas locuras. Thomas la agarró por la cintura y, como era más pequeña que él, le resultó fácil levantarla y darle vueltas al puro estilo de una película romántica. Marina exhaló un grito de sorpresa, pero luego rio nerviosa y alegremente al mismo tiempo. Thomas sonrió, dejó suavemente a Marina en el suelo y se dio cuenta de que estaban justo delante de una enorme escalera que conducía a la siguiente planta. Él anhelaba tanto que el encanto no desapareciera y que la euforia del momento dejara un recuerdo en su lastimada alma…

—¡Venga, vamos! Probablemente, encontraremos un lugar donde admirar la luna. —La volvió a coger de la mano y se apresuraron a subir las escaleras.

Recorrieron un pasillo amplio y solitario, pero esta vez había elegantes muebles en los que se podía sentarse y pasar una agradable velada. Llegaron ambos al final del pasillo y salieron a un amplio balcón estilo imperial con una hermosa vista del espeso bosque. Allí estaba, resplandeciente y dorada, la luna llena en el cielo nocturno. Ambos permanecieron allí en silencio durante unos minutos. La barandilla era lo suficientemente ancha y también lo era el pasamanos, así que Marina saltó y se sentó en él, se quitó las zapatillas, las dejó caer al suelo y miró a Thomas directamente a los ojos.


—La luna está especialmente hermosa esta noche. Debo decir que has hecho bien en traerme aquí. Quiero mucho a mis tíos, pero a veces es un poco difícil hablar con ellos. Thomas rio suavemente. —Yo conozco mejor a Markus, que tiende a formalizarlo todo. Se llevan muy bien. Pero, bueno, ya somos adultos y nada puede ser perfecto. Tú aún eres muy joven.

—Tengo veintitrés años, Thomas. Ya no soy una niña, pero creo que, incluso cuando madure, sentiré lo mismo por mis tíos. La brecha generacional no desaparecerá. Los años serán más complicados. Aun así, Thomas, aún eres muy joven.

—Treinta y siete años. Bueno, podría ser biológicamente tu padre, hablando precozmente. —Thomas se ruborizó por lo que acababa de decir y se puso un poco nervioso—. Mejor olvida lo que acabo de decir.

—Te comportabas como un caballero cuando estábamos en el jardín. Tú me gustas, Thomas —dijo ella con una voz seductora y balanceó las piernas, las subió a la barandilla y se arrodilló de manera que su mirada quedó casi a la altura de la de Thomas. Se acercó como una gatita y sujetó con ambas manos el rostro de Thomas que estaba hipnotizado por su mirada—.Tú eres diferente —dijo ella y lo besó.

Él le devolvió el beso e incluso la abrazó. Mientras la magia de la luna les hacía hundirse en sus labios, no repararon en que alguien les había estado observando en silencio. Era el misterioso doctor Henker, que sostenía con la mano derecha enguantada una varilla de cóctel de acero inoxidable, de las que suelen acompañar a los martinis para agitarlos. La mirada del hombre era extremadamente misteriosa, pero la escena que observaba le parecía en cierto modo ridícula. En ese preciso instante, un insecto similar a un escarabajo caminaba por la barandilla. El hombre se fijó en él y lo atravesó con la varilla de ocho pulgadas con un solo movimiento, observando atentamente cómo el insecto movía frenéticamente todas sus extremidades.

—Los insectos son capaces de experimentar dolor. Es una verdadera lástima que no pueda descifrar la intensidad del que sientes en este momento, pequeña basura.

El médico cogió el insecto por medio de la varilla que lo atravesaba, lo observó durante unos instantes y lo arrojó al vacío con desprecio. Echó una última mirada a la pareja y se alejó tranquilamente.


—Marina, tenemos que volver con tus tíos —dijo Thomas y emprendieron el camino de regreso.

La cena había terminado y una orquesta clásica empezaba a tocar El trino del diablo, de Giuseppe Tartini. Thomas y Marina se habían reunido con Markus y Roger en las afueras del salón. Marina derramó unas lágrimas discretas mientras escuchaba a la orquesta. Contoneaba el cuerpo mientras intentaba interpretar la música con todos sus sentidos. Un camarero vestido con un traje de látex rojo y una máscara de cerdo se acercó a ellos para ofrecerles cuatro copas de vino. Los cuatro paseaban sin rumbo por los jardines, cuando Thomas retrocedió un poco. Sentía que algo no iba bien en su cuerpo. Empezó a pensar que el vino que le había ofrecido el camarero extrañamente vestido podría ser el culpable de su malestar. Derramó el vino en unos arbustos, dejó la copa en el suelo y se marchó para alcanzar a los demás.

Caminaron por una zona menos iluminada y apartada. Allí se habían colocado antorchas en puntos estratégicos, por lo que su luz era muy tenue. Markus, Roger y Marina ya estaban sintiendo los efectos inesperados de sus bebidas. Thomas se sintió sumamente confuso. De repente, oyó que se rompía una copa, se dio la vuelta y vio a Markus sentado en el suelo, riéndose sin control y repitiendo una y otra vez que no podía parar de hacerlo Marina y Roger trataron de ayudarlo a incorporarse, pero no pudieron, ya que tampoco podían dejar de reír.

Thomas no podía creer lo que veían sus ojos, tenía la impresión de que no habían bebido una cantidad excesiva de alcohol para llegar a ese estado. Se dio cuenta de que en el suelo había grabados de carátulas de relojes y números romanos. A pocos metros, observó un edificio arquitectónico muy distinto del resto de El Milenario. Se acercó al edificio para buscar a alguien que pudiera ayudarlos y, aunque estaba aturdido, logró controlar sus pasos y llegar al umbral gracias a la luz que resplandecía de las antorchas. El edificio tenía aspecto de templo griego y tenía números y relojes tallados en su fachada. Era una obra de arte casi irreal, oculta en armonía con la noche y la espesura de los jardines y del bosque.

La puerta del templo estaba construida con madera negra brillante; en ella se encontraba tallada la figura de un enorme reloj de péndulo, solo que en lugar del once, el doce y el uno había unos símbolos bastante peculiares. El misterioso hombre salió de entre las sombras con su máscara demoníaca y se cruzó de brazos. Al llegar a la enorme puerta, dejó que su cuerpo descansara sobre el marco izquierdo. Sonrió de oreja en oreja, ya que la máscara dejaba ver su boca. En ese preciso instante, Thomas experimentó unos deseos desesperados de correr y llevarse a sus amigos con él. Sin embargo, su cuerpo se sentía demasiado pesado y su mente se nublaba.

—¿Qué es este lugar? —dijo él entrecortado y cerrando los ojos mientras escuchaba la risa de sus amigos.

Logró abrir los ojos y ver cómo unos hombres vestidos de látex de color rojo y mascarás de animales de granja cargaban a Marina, quien ya estaba a punto de perder el conocimiento entre risas descontroladas. También se llevaron a Roger y a Markus. Thomas trató de reaccionar e ir en auxilio de sus amigos, pero en ese momento una de las pesadas puertas se abrió y de la oscuridad surgió un hombre ataviado con una capa negra y una imponente máscara demoníaca con cuernos largos. Miró fijamente a Thomas y luego miró a su cómplice, quien estaba de pie junto a él.

—Tráelo —ordenó aquel hombre. Él se acercó y tomó a Thomas con fuerza del brazo, lo haló fuertemente, obligándolo a subir los cinco escalones que estaban frente a él, mientras que el hombre misterioso se perdía en el interior del templo y dejó la puerta abierta tras él. Thomas fue arrojado a la oscuridad. El frío de un suelo de mármol se sintió en su rostro y en las palmas de sus manos, y sus oídos se inundaron de incontables tictacs de innumerables relojes. Las paredes del interior del templo estaban llenas de relojes de diversos diseños.

Cada uno mostraba una hora diferente, y los movimientos sin sentido de todas las manecillas resonaban dentro de la cabeza de Thomas. Alzó la mirada y observó varias estatuas de tamaño natural que se encontraban repartidas por toda la superficie del suelo. En el centro se encontraba una estatua más grande, con forma de demonio alado que sostenía un libro entre sus garras. Tenía unos ojos terroríficos y las estatuas que estaban más cerca de ella eran de niños, mientras que las demás representaban a hombres y mujeres que parecían escucharla con mucha atención. Todos los rostros de las estatuas estaban un tanto desfigurados. El espectáculo era bastante macabro. Al final del templo se encontraba el misterioso hombre. Estaba esperando a Thomas y al hombre que lo arrastraba. Él estaba intentando luchar, pero no podía coordinar su cuerpo. Los tres entraron en un túnel y Thomas dejó de oír los relojes, como si la oscuridad y el misterio estuvieran engullendo la existencia de este lugar. En algún momento bajaron por una escalera de piedra que les condujo al bosque. La luz de la luna llena era tan brillante… Los ojos de Thomas estaban luchando por mantenerse abiertos y, simplemente, no tuvo más remedio que dejarse arrastrar. Se dio cuenta de que todo aquello era consecuencia de la sustancia que había bebido y el sopor que sentía era un preludio de lo que iban a encontrarse más adelante.

Se oía música clásica y, en la espesura del bosque, se dejó ver la impresionante construcción de un castillo de estilo romántico neogótico al cual se podía acceder por un puente de madera sostenido por muelles y a través de una barbacana impresionante. Aquella magnífica construcción estaba al borde de un acantilado. Thomas ya no pudo más y perdió el conocimiento. Su cuerpo y su espíritu ya estaban totalmente lánguidos. Aunque el tiempo dejó de tener sentido, su nariz pudo percatarse de un olor muy particular, bastante seductor y embriagador: era jazmín. Era difícil decir cuánto tiempo había transcurrido desde que él había perdido el conocimiento. Al abrir los ojos, no pudo distinguir nada durante unos segundos, pero al recuperar su visión, sus ojos se vieron inundados por escenas realmente impactantes. Estaba en medio de una orgía. Su confusión era indescriptible y su sorpresa, enorme. Thomas se puso de pie, miró en todas direcciones, casi perdiendo un par de veces el equilibrio. Se podía observar que muchas personas presentes estaban completamente desnudas y que solo utilizaban antifaces de color negro, tocaban, abusaban, manipulaban y daban rienda suelta a sus deseos carnales sobre otras personas que estaban semiinconscientes, en un estado peor que el suyo. Todo esto ocurría mientras los camareros que llevaban trajes de látex negros y rojos, quienes ocultaban sus rostros con máscaras de animales de granja, servían bebidas y atendían a los invitados que llevaban antifaces negros. Él pudo reconocer a algunas de las personas que estaban semiinconscientes. Eran invitados del acto y ellos mismos habían hecho donaciones a la causa de esa noche. Era obsceno en extremo. Definitivamente, había algo en las bebidas que se ofrecieron al final de la cena. También estaba ahí el gobernador Krüger actuando como un simple camarero y sirviente para toda esa gente retorcida. En el centro de una enorme mesa había una mujer semidesnuda con antifaz negro cabalgando sobre un hombre joven que luchaba por despertarse. Él estaba encadenado de pies y brazos. La mujer tomó una vela roja que estaba encendida y empezó a derramar la cera caliente sobre el torso desnudo del joven que empezó a gritar. Se unieron dos hombres al acto.

Uno de ellos retiró la vela a la mujer y le derramó la cera sobre los pechos. Ella se mostró más excitada, su lengua pidió atención y el hombre no dudó en brindársela mientras el otro se acercaba con una mordaza y se la ponía al joven que chillaba para que no estropeara la pieza musical que estaban ejecutando los músicos. Thomas pensó en Marina y en sus tíos, los buscó con la mirada por todas partes, pero no los encontró. En cambio, vio escenas de un aquelarre sexual, con escudos y armaduras medievales. Esa zona estaba construida con piedra y en la parte de arriba había dos palcos donde estaban sentados dos personajes ataviados con máscaras demoníacas de largos cuernos y con distinta simbología. Una de esas figuras era el misterioso hombre que Thomas había visto en el templo de los relojes y el cual no apartaba su penetrante y oscura mirada de él. El segundo personaje estaba sentado en el otro palco, por encima del otro que estaba a su derecha, y llevaba una capa roja.

Este estaba solo mirando todo el espectáculo. Era imposible reconocerles el rostro a ambos hombres. También observó que algunas personas vestían ropa militar oscura y llevaban armas. Sin duda, velaban por la seguridad de los huéspedes del castillo. Los violines de los músicos continuaban tocando la Sonata en el sol menor de Tartini. Nadie tenía noción del tiempo. De repente, dos hombres sedientos por causar dolor y de sexo, se acercaron a Thomas, embriagados por todos los olores, estímulos visuales y probablemente por bebidas. Uno de ellos lo cogió por el cuello, comenzó a besarlo y lamerlo justo por debajo de la mandíbula, mientras el otro le agarraba los genitales con fuerza haciendo que Thomas gritara de sorpresa y dolor.


—Parece que este no está del todo dormido —dijo el hombre relamiéndose los labios mientras apretaba más el cuello de Thomas—. ¿Qué te parece si yo me encargo de esa bonita boca y tú le das todo lo que tienes por el culo y luego intercambiamos orificios? Finalmente, aún nos queda tiempo de sobra —se carcajeó el hombre.

Thomas intentó escapar, pero los hombres lo redujeron y no tuvieron dificultad en arrastrarlo hasta un gran sofá donde otras personas estaban realizando actos sexuales. Uno de los hombres lo estaba sometiendo por el cuello con una especie de llave, mientras que el otro se ubicó prácticamente sobre su cuerpo mientras Thomas intentaba liberar su cuello de los dos brazos que lo estaban prácticamente sofocando.

—¡Basta, déjenme!—gritó. Los dos se burlaron de los esfuerzos de Thomas quien, debido a su estado, no estaba en condiciones de defenderse. Pasados unos minutos, se rindió y miró al hombre que tenía encima justo a la cara que estaba cubierta por un antifaz, pero no pudo distinguir nada ya que su visión se había vuelto borrosa.

—Me gusta más cuando se resisten. Pero ahora te toca a ti ser bueno y dejarte llevar. Los hombres volvieron a reírse y uno de ellos desabrochó el primer botón de la camisa de Thomas.

Al estar a punto de ser violado por estos dos hombres, quienes ya estaban tratando de desnudarlo, el hombre enmascarado los interrumpió y les indicó que el sujeto que tenían en ese momento no formaba parte de la celebración y que amablemente les conduciría hasta otros dos señores de los que podrían disponer a su antojo. Se sorprendieron un poco, pero obedecieron al hombre de la máscara demoníaca y le siguieron. Los otros varones eran Markus y Roger, quienes estaban completamente dormidos por lo que se les había administrado en sus bebidas.


Thomas comenzó a buscar una salida, sus pasos eran torpes, pero consiguió abrirse paso entre la multitud de carne y sudor. Alcanzó las puertas de un balcón y salió para recibir directamente el aire nocturno en su rostro. De pronto, sus oídos se inundaron con sonidos de olas de mar que rompieron violentamente. Esto lo aturdió aún más y, al asomarse por el balcón, se percató de que solamente había una inmensa y boscosa oscuridad, pero nada de mar o de agua; sin embargo, el oleaje continuaba retumbando en su cabeza. Se cubrió los oídos para tratar de evitar ese sonido, aunque este procedía de su interior, no había forma de impedirlo. Desesperado, dio unos pasos hacia atrás y se tropezó, cayó sobre su espalda y se golpeó fuertemente la cabeza. No obstante, no perdió el conocimiento de inmediato.

Se quedó sin aliento mirando el cielo estrellado, sus ojos se volvieron a sentir pesados. Unos pasos retumbaban en sus oídos. Era aquel hombre misterioso de capa negra y ojos oscuros. Se quedó mirándolo fijamente durante unos segundos antes de agacharse y cerrarle los ojos con la mano. Todo quedó en silencio y en la oscuridad tras aquello.

Thomas se sobresaltó al oír el sonido del río. Abrió los ojos y, bajo las manos, pudo sentir las piedras y el pasto. Se incorporó, se llevó una mano a la cabeza, pues le invadió un dolor y se sorprendió al ver que su coche estaba aparcado en la carretera. Se encontraba completamente confundido y alterado, así que corrió hacia el automóvil para alejarse del agua lo antes posible. En el interior de su vehículo se encontraba Marina, dormida y vestida. Ella se veía bastante tranquila. Las llaves estaban puestas en el arranque, abordó su coche, lo arrancó y se marcharon. Ninguno de los que bebieron aquel vino se acordó de la orgía: ¿había sido todo un sueño salvaje?


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