¿Por qué tendemos a humanizar monstruos y psicópatas?
- debranarratrice
- 14 dic 2025
- 2 Min. de lectura

A principios de noviembre asistí a una función IMAX para ver Predator: Badlands, con la expectativa clara de encontrar acción, violencia y monstruos comportándose como lo que son: depredadores guiados por el instinto, crueles, ajenos a la moral humana. Eso es, al menos para mí, la esencia del yautja.
Nada de eso ocurrió.
En lugar de un cazador extraterrestre, la película presentó depredadores humanizados, emocionalizados, casi domesticados. Criaturas pensadas para infundir miedo fueron transformadas en personajes comprensibles, con conflictos que buscaban empatía. Y ahí se rompió todo. Lo que debía ser brutal se volvió blando; lo que debía ser amenaza se volvió discurso.
La experiencia fue tan decepcionante que el momento más disfrutable de la noche llegó cuando el proyector se estropeó y la sala quedó completamente a oscuras. La función se suspendió, el problema no tuvo solución y el dinero de mi entrada fue reembolsado, junto con un boleto de cortesía.
Ese boleto, por supuesto, no lo utilicé para intentar ver la película de nuevo.
Ahora que estoy viendo la serie Welcome to Derry, he notado que muchas personas hablan de una supuesta relación entre Eso y la hija de Bod Gray, Ingrid. Este fenómeno me recordó de inmediato a ciertos discursos que suelen aparecer alrededor de personas que han sido víctimas de relaciones tóxicas y de dinámicas profundamente desiguales con psicópatas y narcisistas.
La pregunta es inevitable:
¿por qué tantas personas tienden a humanizar aquello cuya esencia, por definición, no es humana ni empática?
No pretendo ofrecer una respuesta científica ni académica. Hablo desde la observación y la experiencia psicológica. Puedo suponer que esta tendencia nace de una necesidad psíquica muy básica: la mayoría de las personas necesita creer que en todo existe algo bueno, porque aceptar lo contrario implicaría un colapso interno difícil de sostener.
Para preservar la coherencia de su mundo emocional, muchas personas se aferran —consciente o inconscientemente— a una hipótesis tranquilizadora:
si yo siento, entonces el otro también debe sentir; si yo soy capaz de empatía, el otro, de algún modo, también lo será.
Desde ahí surge una narrativa peligrosa: la idea de que, con suficiente compromiso, paciencia, entrega o amor, el otro puede empezar a mostrar empatía, preocupación o incluso redención. Esta lógica se repite tanto en la ficción como en la vida real, especialmente cuando se habla de figuras que operan desde la manipulación, el vacío emocional o la depredación psicológica.
Por eso utilizo deliberadamente la palabra víctima, porque es el término más preciso. No hay simetría en estas dinámicas. No hay intercambio real. No hay un “vínculo” en el sentido humano del término. Hay abuso, hay sometimiento y hay una profunda desigualdad de poder.





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