Mi Emilia Evangelina
- debranarratrice
- 1 mar 2024
- 3 Min. de lectura
Emilia, apenas con diez años, protagonizó un inolvidable episodio en la playa. Sus pasos descalzos dejaban huellas en la arena dorada, mientras esta se filtraba entre sus dedos con cada uno de ellos. Vestía unas bermudas cortas que rozaban sus rodillas y una blusa rosa de algodón, con un lazo delicado que sostenía su cabello rubio, otorgándole un aire angelical. Sus ojos verdes, profundos como el mar en calma, reflejaban la inocencia y la curiosidad propias de su edad
El sol, en su danza celestial, se encontraba en ese instante mágico y preciso que desafiaba la distinción entre el amanecer y el atardecer. Las olas mecían la playa con su melodía constante, mientras la brisa marina acariciaba los sentidos de Emilia con el perfume embriagador de la sal y el agua. Siguió caminando, dejando que el suave arrullo del mar guiara sus pasos hasta encontrarse frente a una flecha costera. Allí se erguía una singular residencia de una sola planta, amplia y luminosa, con grandes ventanales y puertas correderas que invitaban al abrazo del paisaje marino.
Una terraza cubierta por un techo de paja y palma se extendía ante ella, sostenida por elegantes pilares de piedra que parecían fundirse con la naturaleza circundante. Los muebles de playa, aunque exquisitamente diseñados en fibra sintética, parecían haber caído presa del desorden, con una copa de vino vacía y un paquete de cigarrillos abierto sobre la mesa y varias colillas, y una de ellas expedía volutas de humo. En aquel remoto rincón, aquella residencia solitaria era testigo silente del vaivén del océano y del tiempo que se deslizaba sin prisas.
Emilia se aventuró hacia la orilla del mar, dejando que las olas acariciaran su piel hasta que el agua besó sus pantorrillas. En ese momento, algo bajo sus pies llamó su atención y, con curiosidad, se agachó para investigar. Apartó delicadamente las plantas marinas con sus manos y, con un gesto ágil, levantó el objeto que había capturado su interés. Era una concha azul, cuyo brillo extravagante y singular la dejó fascinada. Dejando que sus dedos exploraran su textura, Emilia la limpió cuidadosamente con su blusa. De pronto, un gemido triste rompió el susurro del mar. Era apenas un murmullo, un intento fallido de contener el dolor.
Con la concha marina entre sus manos, Emilia la sostuvo contra su pecho mientras se dirigía hacia la terraza, que se encontraba a poca distancia. Observó a su alrededor hasta que divisó a un chico de su misma edad, sollozando en silencio. Estaba sentado en el suelo, junto a uno de los muebles de playa, con el rostro oculto entre las rodillas y abrazando sus piernas con desconsuelo
―¿Qué te sucede? ―preguntó Emilia con un tono de preocupación inocente.
El chico levantó la mirada, sorprendido por la presencia de la chica. Con cabello castaño y unos ojos azules tan hermosos como los de Emilia. Llevaba puesto un bañador, aunque su cabello despeinado indicaba que aún no se había sumergido en el mar. A pesar del rastro de lágrimas en su rostro, Emilia lo encontró como el chico más dulce que había visto hasta entonces, y su imagen se grabó en su joven memoria.
El niño frunció el ceño y miró a Emilia con una expresión de enfado. Sin mediar palabra, se puso de pie y la empujó, haciendo que ella cayera al suelo y la concha se rompiera en dos. Corrió hacia la casa con los pies descalzos sobre la arena. Sus pasos resonaban en la playa mientras ascendía los dos escalones que separaban la entrada de la casa de la arena. Entró bruscamente después de haber deslizado una puerta corredera de cristal. Emilia, aun recuperándose del impacto, se estremeció ligeramente por el dolor de la caída. Se levantó con cuidado y notó que uno de sus codos se había raspado.
Emilia recogió los fragmentos de la concha con cuidado. Volvió la mirada hacia la casa y sintió el pinchazo de la herida cuando el aire salado del mar golpeó su piel, arrebatándole también el moño rosa de su cabello. Con paso lento, comenzó a retroceder por el mismo camino por el que había venido. Guardó los pedazos de concha en los bolsillos de sus bermudas y escudriñó el horizonte hasta divisar la figura de un hombre a lo lejos. Sin dudarlo, corrió hacia él.
El chico, al darse cuenta de que Emilia ya no estaba en la terraza, salió de nuevo a través de la puerta corredera. Notó que justo debajo de los muebles de playa había un moño rosa enredado que no estaba ahí antes. Se acercó y lo tomó con su mano derecha, buscando con sus ojos aún irritados por las lágrimas a la niña, pero ya no la encontró.






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